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Un minuto de silencio en Hiroshima

HOLA

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(Columna de Harold Mayne-Nicholls, Presidente de Ganamos Todos)

Son sensaciones extrañas mientras aparece el sol en Hiroshima. Ya hace rato hay luz de día, pero poco antes de las 8 el sol ilumina todo. Es jueves 6 de agosto 2015 y se conmemoran 70 años desde el peor ataque, en la historia de la humanidad, a inocentes habitantes.

A pesar de que la guerra y sus horrores pueden justificar este bombardeo, la vida y sus valores solo pueden darle condena eterna.

Pero, a esa hora la gente en Hiroshima hace vida absolutamente normal.

Con ese respeto hacia el prójimo que los japoneses tienen como bandera, hacen fila para subirse al bus; tomar el metro o realizar cualquier otra actividad que tengan esa mañana. Los niños, como siempre, ordenados, hacen sus actividades sin necesidad de que un adulto los guíe, sobretodo en esta época que están en plenas vacaciones de verano.

Me dicen que la mejor forma de recorrer la ciudad es mediante locomoción colectiva. Tomo el bus 5, rumbo al Parque de la Memoria. Voy descubriendo rincones, asombrado al ver que la vida continúa como si nada hubiese sucedido en un día como hoy. Es una ciudad moderna en sus calles y edificios; variada en sus centros comerciales y con varias lenguas de agua que la obligan a conectarse mediante puentes. Por ninguna parte se aprecia señal alguna de la destrucción que total que vivió el sector hace siete décadas.

Buscando vestigios de aquel desastroso momento, descubro que falta un minuto para las 8.15 horas, instante exacto en que un norteamericano, apretó el botón. Se recuerda aquel momento como el que acercó el fin de una época oscura de la humanidad que genera más rechazos en los recuerdos que cualquier creación de una mente brillante.

La Bomba nuclear (o la bomba A) explotó antes de llegar al suelo, pero eso no evitó que el daño fuera de unas 200.000 muertas (entre ellos se estima unos 20 mil coreanos) instantáneas en un radio de 2 kilómetros y un número indeterminado de personas que quedaron con secuelas de por vida.

Entre los que vivieron ese momento en Hiroshima se encuentran Yoichi Haymada y su esposa  Yurico, quienes van sentados frente a mi en el bus. El tiene 85 años y ella 81. Cuando le pregunto algo, el prefiere el silencio; ella en cambio tiene una amable sonrisa y es muy locuaz, pero no hay forma de entenderle … y cuando aparece una traductora espontánea no cambia mucho la comprensión. Pero se desesperan tratando de explicarme lo que me quieren contar. Lamentablemente para mi aquí sólo rige el japonés; el resto de los idiomas –inglés incluido- es muy, pero muy básico entre la población de Hiroshima.

La ciudad da un vuelco impresionante cuando dan las 8.15 exactas. Todos los buses se detienen y también autos, tranvías, trenes y  peatones. Por donde mires, parece que el mundo se paralizó.

Nadie habla arriba del bus. En la calle tampoco. Ni susurros. Es un minuto de silencio que la gran mayoría utiliza para juntar sus manos, cerrar los ojos y elevar una plegaria por los que hace 70 años dejaron esta tierra campesina y calurosa, con gran humedad en el verano.

Este día jueves el termómetro marcará cerca de 35 grados en Hiroshima con una humedad que casi llegó al 100%. No hay datos concretos de la temperatura de este mismo día hace 70 años … pero sin duda alguna debe haber sido aún peor.

Puede ser lo que haya estado pensando Keiko, a mi lado en el bus, eleva su plegaria y lágrimas ruedan por sus mejillas. No llega a los 50 años, pero siente el dolor por tantos que simplemente desaparecieron sin haber tenido oportunidad de vislumbrar su fin.

Se fueron, pero dejaron en la despedida un mensaje que hoy simboliza a Hiroshima: la paz es un bien tan preciado que nadie se puede dar el lujo de perderla. Por eso ellos han sabido perdonar (en ninguno de los museos; discursos y otras actividades que presencié, leí u oí escuché palabra alguna o vi nada escrito contra quien ordenó lanzar la bomba) y no olvidan que lo que hace 70 años sucedió no permite a nadie proclamarse ganador.

Me lo explica así Yoshi Matsushita, de Tokio, cuando me cuenta las razones que lo hicieron desplazarse unas dos horas al sur en esta fecha. Con un “gracias por ayudarnos a  construir la paz desde Hiroshima” se despide.

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